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Uno de los debates más extendidos entre la comunidad médica y, concretamente, entre expertos/as en neurología y/o psicología, es cómo debemos afrontar el tratamiento de los recuerdos. Con cada nueva investigación sobre la memoria y la manipulación que podemos llegar a hacer de ella, surge la necesaria cuestión ética sobre hasta qué punto es recomendable desarrollar herramientas que permitan distorsionar una de nuestras principales fuentes de conocimiento, experiencia y aprendizaje. No obstante, a la hora de hablar de recuerdos traumáticos, parece que existe un mayor consenso en cuanto a lo que su tratamiento se refiere.

Patologías como el síndrome de estrés post-traumático o las fobias ya están siendo ampliamente tratadas en los hospitales y centros médicos de todo el mundo siguiendo multitud de terapias innovadoras, así como las tradicionales terapias conductuales o la psicoterapia, a las que se suele dar apoyo con diferentes fármacos que permitan aliviar los síntomas de la depresión o la ansiedad. Pero, ¿y si pudiésemos olvidar los recuerdos que desencadenan esas patologías?

Esta es la pregunta a la que trata de dar respuesta el último estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores internacionales donde la presencia española ha tenido un peso más que relevante.

Publicado la semana pasada en la revista Science Advances, investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid, la Universidad Complutense de Madrid, la Fundación Reina Sofía-CIEN, la Universidad de Nueva York y la Radboud University Medical Centre de Nijmegen (Países Bajos) han llevado a cabo una investigación donde, según sus conclusiones, han logrado “atenuar” la capacidad de regresar a recuerdos negativos de los sujetos sometidos al estudio.

“Los recuerdos son, en principio, maleables y sensibles a determinadas interferencias como, por ejemplo, la terapia electroconvulsiva, la anestesia general o la inihibición de la síntesis de proteínas, pero se estabilizan tras un periodo de consolidación, tras el cual se suele considerar que ya no son proclives a ninguna modificación”, explica Ana Galarza Vallejo, principal autora del estudio.

Sin embargo, los investigadores observaron gracias a estudios previos cómo, en modelos animales, los considerados recuerdos “asentados” podían volverse vulnerables a modificaciones externas si se reactivaban de nuevo.




 

Partiendo de esta base, Vallejo y sus compañeros reclutaron a un grupo de 50 participantes en buenas condiciones de salud a los que se les mostraron dos presentaciones de diapositivas narradas cuyo contenido era marcadamente negativo a nivel emocional. Transcurrida una semana, se pidió a los participantes que volviesen, para así reactivar el recuerdo negativo, mostrándoles únicamente la primera diapositiva de una de las presentaciones y realizando una serie de preguntas específicas. Una vez comenzaron a rescatar los recuerdos indeseados, los investigadores sedaron a los participantes con propofol, un anestésico con una potencial capacidad para manipular la memoria. A continuación, los participantes fueron divididos en dos grupos: en uno, pasadas 24 horas, se pidió que recordasen las historias de ambas presentaciones, tanto la que se les recordó a su regreso como la que escucharon una semana antes. En el otro se realizó la misma prueba pero inmediatamente después de la administración del propofol. El resultado fue más que sorprendente: 24 horas después de administrarse el anestésico, los participantes del primer grupo presentaban una capacidad para recordar la historia que se les pidió rescatar a su regreso mucho menor que para recordar la historia negativa no se les recordó

Gracias a estos resultados, el equipo de Vallejo considera haber hallado una “relativamente no invasiva” forma de atenuar los recuerdos traumáticos y reducir su impacto psicológico.

 

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Mar 26, 2019 Por Zinkinn Admin

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