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Cómo la tonalidad musical hizo especial esta parte de nuestro cerebro

Innovación
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¿Qué sería de nosotros sin la música? Desde los que la necesitamos para fregar los platos a los que serían incapaces de salir a correr todos los días sin su Smartphone bien sujeto al brazo, todos/as, a nuestra manera, somos especialmente melómanos/as. La afición por el arte sonoro es una de las características que mejor nos singularizan como especie. Es por eso quizá que sea un inagotable objeto de estudio por parte de investigadores de numerosos campos científicos, especialmente la neurología.

Ese ha sido el caso de Bevil Conway, doctor e investigador del National Institute of Health, quien ha presentado en la revista Nature Neuroscience una investigación donde asegura que “ciertas regiones de nuestro cerebro tienen predilección por sonidos tonales, al contrario que los de los macacos.” Las conclusiones presentadas, asegura, plantea la posibilidad de que este tipo de sonidos, característicos del habla humana y la música, hayan sido los encargados de conformar la organización básica del cerebro humano.

La idea que dio pie a Conway a investigar la diferencia entre cómo procesamos el sonido primates y humanos surgió de su propio estudio de la visión entre ambas especies. Conway y su equipo del MIT descubrieron las escasas diferencias existentes entre la forma de ver el mundo de unos y otros, por lo que se preguntó si las semejanzas también se aplicarían al campo de la audición. El impulso definitivo llegó cuando el Dr. Norman-Haignere, doctor del Zuckerman Institute for Mind, Brain and Behavior de la Universidad de Columbia, reveló a su compañero del MIT la existencia de un método fiable para identificar las regiones del cerebro humano que responden a sonidos tonales.

El estudio se basó en la captación de una serie de sujetos de prueba, tanto humanos como primates, a los que se expuso a sonidos harmónicos y tonales. Durante dicha exposición se monitorizó su actividad cerebral mediante imágenes de resonancia magnética funcionales, así como se procedió al mismo escaneo con sonidos atonales diseñados específicamente para coincidir con la frecuencia de cada tono interpretado.

¿Qué ocurrió?

A primera vista, los resultados de los escáneres parecían similares en primates y humanos. Sin embargo, al analizar más detenidamente los datos, los investigadores encontraron que el cerebro humano se presentaba mucho más sensible a los sonidos a los que se añadieron matices tonales. El resultado volvió a repetirse en diferentes pruebas, una de las más notorias aquella en que expusieron a los macacos a sonidos basados en llamadas de su propia especie. Cuando este sonido se reproducía sin más, los resultados entre el cerebro humano y el de los primates era muy similar: al añadir armonías y tonos, el humano se volvía mucho mas activo.

“Estos hallazgos sugieren que el habla y la música puede que hayan cambiado de forma elemental la manera en que nuestro cerebro procesa los tonos. Puede que también ayude a explicar por qué ha sido tan complicado para la ciencia entrenar monos capaces de desempeñar tareas relacionadas con la audición que, para los humanos, resultan sencillas.”, ha indicado Conway.

De cara a su aplicación médica, no cabe duda de que este nuevo matiz en torno a las características cerebrales de nuestro sistema auditivo abre las puertas a nuevas formas de investigar el papel de la música a nivel terapéutico.

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